El Principito

De vuelos nocturnos en moto ,por las galerías y rosas de Saint-Exúpery


Marcelo Hidalgo Sola propone una recorrida en moto tras las huellas del autor de El Principito y paso por Buenos Aires, en donde reconoció haber pasado los mejores días de su vida.

¿Quién sabe la magia que tendrá la Galería Güemes que como una galera de un invisible prestidigitador siempre saca las más sorprendentes anécdotas, aventuras y personajes de su interior?. Porque allí, el destino como un mago, hizo circular en el mismo espacio en diferentes momentos a Gardel, Cortázar, Borges, y Saint-Exúpery, entre algunos de los más célebres.

Desde la primera visita con el grupo de paseadores urbanos de los moto kultural, la Galería Güemes no ha parado de proporcionarnos buenos momentos de aprendizaje y cultura. Hoy, una anécdota literaria nos convoca nuevamente por sus pasajes, galerías y departamentos, el objetivo es ir tras las huellas de Antoine de Saint-Exúpery en Buenos Aires y asomarnos a lo que fue parte de su cotidianeidad en el breve lapso que habitó en el país entre los años 1929 y 1931.

 El comienzo de la aventura de un gran escritor y aviador.

 Saint- Exúpery pisó por primera vez suelo argentino el 12 de octubre de 1929. Hasta aquí lo trajo su labor profesional para ocupar el cargo de Director de Tráfico de la Aeropostal Argentina. La compañía era una filial local de Compagnie Générale Aéropostale de Francia, empresa dedicada al transporte de correo y de pasajeros. El escritor llegó al país con la misión de abrir nuevas rutas comerciales, para ello primero debía explorar el territorio y así fue como pasó largos meses volando sobre la Patagonia. La apertura de rutas en lo inhóspito era una misión complicada, sólo para pilotos audaces y expertos, capaces de maniobrar y aterrizar en los desiertos y en tal caso sobrevivir a la soledad y a los infortunios- explica Marcelo Hidalgo Sola. Para ello fue contratado Saint-Exúpery y se enfocó de lleno en cumplir su propósito.

 Cuando su trabajo le permitía pasar tiempo en la ciudad, durante sus cortas estadías en Buenos Aires, Saint-Exupéry se alojó en el departamento 605, del piso sexto de la torre Mitre en la histórica Galería Güemes (Florida 165).En sus memorias, el escritor contó que en su habitación, solía reflexionar y escribir acerca de todo aquello que pasaba por su mente durante sus largas jornadas de vuelo sobre el desierto patagónico. En esas instancias, subido a su aeroplano, pasaba los mejores momentos de su vida y, lejos de ser una experiencia tortuosa, el escritor ponía atención a cada detalle del escenario que se desplegaba ante su mirada. Entonces, tomaba notas mentales de poblaciones, distancias, paisajes de la geografía, todo ello para calcular las posibilidades de rutas aéreas y postas comerciales. En esta tarea se pasaba las jornadas, pero también a ellas se asomaba su espíritu que también guardaba celosamente las experiencias en su corazón. El cielo estrellado, la inmensidad del desierto, la vegetación agreste y sus animales autóctonos se fueron grabando en su retina y en su imaginación. Y luego, con la tranquilidad que le proporcionaba el estar en tierra firme fue desglosando cada experiencia y sentir, palabra tras palabra,y fue uniendo sus anécdotas y experiencias de vuelo, con los personajes que en su fantasía había ido gestando en el proceso de los vuelos nocturnos. Y fue ahí, en la habitación nro 605 de la Galería Güemes, generalmente de madrugada, que fue dando forma a Vol de nuit (Vuelo nocturno), una novela ambientada en la Argentina, en la que dejó expresado su sentir de piloto frente a la experiencia del desierto y su pasión por esa esa sensación de libertad que no encontraba más que en la escritura. Ese libro sería publicado tras su regreso a Europa, en 1931

 Una habitación con magia, escritura y una foca bebé

 También en ese departamento porteño, más puntualmente en la bañera, hospedó a una foca bebé con la que se había encariñado en uno de sus viajes a la Patagonia: el animal retozaba entre barras de hielo, pese a las quejas de los vecinos. 

Por entonces, el autor ganaba buen dinero y disfrutaba del teatro -frecuentaba el Tabarís-, hasta que su vida dio un vuelco en 1930, cuando se cruzó por primera vez con la mujer que se convertiría en su musa, la salvadoreña Consuelo Suncín. Ella era dos veces viuda y había llegado a la capital argentina a cobrar un dinero de su último esposo, un afamado periodista.

Repasando los hechos, uno diría que el encuentro fue fruto de la magia que a veces impone el azar: se conocieron en un evento en la Alianza Francesa, al que el escritor había llegado muy tarde. Se topó con Consuelo en la escalera, cuando ésta -que ya se retiraba- bajaba para dirigirse a su casa. No dijo que le suscitó su alma en ese momento pero el hecho hablaría por sí mismo ya que permitió organizar una cita apresurada y de último momento para la jornada siguiente.

 Fue así que al otro día, Saint-Exúpery la llevó hasta el aeropuerto de Pachecho, a 35 kilómetros de la ciudad, y al que se llegaba por caminos de barro, y la convenció de volar:

-O usted me da un beso o nos estrellamos los dos… -le dijo Antoine mientras surcaban el cielo. Y después de besarla le propuso casamiento.

El flechazo de Antoine y Consuelo dio frutos eternos ya que ambos permanecieron unidos hasta la muerte del escritor. Pero todo, como en una mágica novela, había comenzado en ese momento apresurado y fortuito del destino en la velada de la Alianza Francesa, y que con gran destreza el autor, supo captar ‘al vuelo’ con su corazón sensible. Su amor por Consuelo lo llevó a meditar sobre la experiencia del amor y del desamor que hasta entonces había vivido y su sentir quedó reflejado en El principito, ella es la Rosa con la que conversa el personaje. ”Su rosa”. La que encontró en Buenos Aires y llevó a vivir a Francia.

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